Mis veranos de “salvaje”

Ahora que ha llegado el verano (bueno quién lo diría aquí en Asturias) vuelve la sensación de nostalgia que me produce esta época del año.

Me encanta el verano y mentiría si dijera lo contrario. Desde que lo comienzo el día de mi cumpleaños hasta que decido que se acaba después de las fiestas de San Mateo me propongo siempre saborearlo, pero de un tiempo a esta parte me entra entre nostalgia y morriña mientras lo disfruto. Y este sentimiento siempre va ligado a los recuerdos tan buenos que tengo de los veranos pasados, sobre todo de los más lejanos.

Cuando era pequeña y acababa el colegio (ese era entonces momento que marcaba el inicio del verano), yo me volvía un poco “salvaje” (aunque mi madre prefería decir que me volvía asilvestrada). Vivía siempre con heridas en las piernas, raspones de tirarme una y otra vez en los toboganes y con el pelo tan enmarañado que desenredarlo era toda una odisea. Por las tardes, casi siempre tenía los ojos rojos de haber ido al cursillo de natación (daba igual si sabía nadar perfectamente, esto era un clásico del verano. Porque no os cuento nada un año que mis padres innovaron y me llevaron a tenis…) y pasaba mucho tiempo jugando en el prao, a cualquier cosa y con cualquier excusa (y también con cualquier ropa); así que os podéis imaginar cómo me sentaba ese cóctel de sensaciones y escenarios.

En verano se permitía cualquier cosa, se desterraban los horarios, se permitían indumentarias más relajadas, la coleta ya no tenía que estar perfecta, la rutina era de todo menos eso y yo me sentía un poco Mowgli.

El verano me recuerda también al tiempo en familia, a las fiestas del barrio, al olor a fabada el Día Grande, a los zapatos llenos de arena que no se quitaba hasta días después de haber ido a la playa. Me recuerda a viajes interminables en coche asándonos de calor hasta llegar al destino donde pasábamos horas y horas a remojo. A muchas aventuras, amigos de verano, a risas y a despreocupación.

El verano siempre me trae el olor a camping, ese al que siempre volvemos ya como tradición familiar, a discusiones absurdas con mi prima, a partidas al parchís y al mentiroso y a no tener que ser esa niña tan formal que era durante el curso.

Ahora , el verano ya no es ese verano tan “salvaje” y por eso creo que se tiñe de vez en cuando de nostalgia, pero siempre viene lleno de tradiciones que se repiten y de buenos momentos que disfrutar; así que tendré que sacar mi lado asilvestrado y proponerme disfrutarlo al máximo.

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Mis veranos en el camping 🙂

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